Las atmosferas malsanas, asfixiantes y de carácter profundamente siniestro que consigue crear Salvi Danés son dignas del más inspirado Dostoyevski. Realmente, la condición humana filtrada por su objetivo, no resiste demasiadas concesiones.

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Con temáticas esencialmente románticas –el hombre, la naturaleza, el viaje interior,… ya sabeis– y con unos tratamientos muy plásticos gracias a las películas que utiliza –sí, aún hay valientes que prefieren lo analógico al maquillaje “instagramero”– Ana Cabaleiro se ha ido conformando un portfolio homogeneo y extenso, donde parece recordarnos la perdida joie de vivre.

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Con un dominio técnico incuestionable y una enorme capacidad por conseguir hacer transpirar las emociones de los sujetos que retrata, el joven Jesús Madriñán provee a sus especadores de un material sensible en medio de la frialdad de la era digital.

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Sin desenfoques gausianos y filtros de paso alto, Alfonso Moral muestra la crudeza de un mundo agrietado y descolorido.

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Hace poco leíamos una entrevista a Oriol, un tipo modesto y honesto; especie en peligro de extinción la suya. Comentaba que no quería, de momento, hacer oficialmente público un reportaje sobre unas personas que (mal)vivian en Barcelona, ya que lo más probable es que cuando tubiera cierto eco, la situación de ese grupo se vería, si cabe, empeorada.
En todo caso y más allá de lo anecdótico, su obra es de una extrema sensibilidad y de un valor artístico y social enorme. Suerte que aún existe gente como él.

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Mediante un sólido oficio, Álvaro Bujons (de)muestra su capacidad para revelar gran parte de la esencia de sus retratados; todo un arte que –suponemos– llega, por una parte, de la dedicación y entrega y, por otra, del “duende” de la cámara.

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En las antípodas de la sociedad de consumo, las personas que desfilan ante su cámara, rarísima vez son palpables en nuetro “primer” mundo, ésta ficción social que todos contribuimos a mantener y que sigue alimentando, ya de lleno en el siglo XXI, el espejismo de una decimonónica división entre “ellos” y “nosotros”. Trabajos como los de Fernando Moleres son urgentemente necesarios y su visibilidad debería estar garantizada en toda sociedad que se vanaglorie del calificativo de democrática.

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Cuando uno no puede, dentro de un mismo cuerpo de trabajo, honestamente destacar una serie de entre todas las demás, es que o el conjunto es pésimo o todo él es fascinante. Con éste vienés naturalmente nos sucede lo segundo, y es que sus originales temáticas e hilerantes situaciones son todo un acierto cargados de vida y pistas para quien sepa descifrarlas.

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