La letra digital

escrito por a 2011.03.11, Diseño gráfico, Opinión

Editores, editoriales, diseñadores y consumi.. lectores, ya no son los que tan sólo tres años eran. Es bien sabido que estamos en trasición y que éste sector, como tantos otros, afronta –con más o menos suerte y ganas– profundos cambios. Los síntomas abundan (como ya dejamos constancia en una pasada entrada) en muchos sitios y bajo varias formas. En el actual contexto, los profesionales que seguimos queriendo apostar por la calidad en contenidos y soportes, vemos necesaria, más que nunca, una reflexión entorno a ello. El FAD parece compartirlo y, gracias a Mr. Casasín, nos enteramos de una excelente notícia: han editado un compendio de lo que fueron las ponencias y debates entorno al presente y futuro del medíatico libro electrónico.

Si estais registrados en Issuu, podeis descargaroslo en castellano y català.

{ Recuerda que puedes suscribirte al blog mediante nuestro RSS }

eBooks: Una lenta e incierta transición

escrito por a 2010.03.25, Artículo

He estado unos días bastante enfermo, lo que me ha obligado a quedarme encerrado en casa, cual eremita, y, como que no hay mal que por bien no venga (qué consuelos se inventa la sabia cultura popular!), he podido estructurar lo mejor que he sabido todos los apuntes sueltos que tengo respecto al libro electrónico y el panorama editorial que se nos avecina. Espero que la fiebre no me haya hecho delirar en exceso y podáis extraer algo mínimamente inteligible. Aún así, advierto que seguramente abra más dudas que no respuestas y que expongo opiniones, digamos, políticamente poco correctas; así que avisados quedais aquellos que buscais el sentido de la vida en él, hermanos.

El panorama que apuntaba no es que esté a la vuleta de la esquina, sino que ya está en la avenida principal y es infranqueable; queramos o no, deberemos transitar por él inminentemente. Nuestro queridísimo país, a su turno, famoso por ser el culo de Europa, no podía ser menos en ésta cuestión y la adaptación al mercado es conservadora, reticente y, sobretodo, insultantemente abusiva (en precios para el lector y contratos con el autor) cuando se manifiesta en forma de macro-fusión empresarial como la reciente de Mondadori, Planeta y Santillana. Huelga señalar, pero, que, aunque escasas, sí que existen iniciativas más justas y lógicas, como la de edi.cat para poner sólo una muestra.
Aún así, más allá de las cuestiones estrictamente empresariales, el hecho ineludible es que la revolución digital se está asentando y los que tan sólo hace dos días seguíamos –sí, me incluyo; además, si me dejan, el primero de la lista– en la convicción que el papel iba a pervivir o, como mínimo, coexistir con las versiones digitales y que el libro como objeto era tecnologicamente perfecto, por lo tanto, inmejorable, empezamos a resignarnos ante las numerosas evidencias favorables a la tinta electrónica y a lo que se entreve que puedan realizar los lectores electrónicos (o también llamados e-readers, cediendo a los entrometidos neologismos) de segunda generación (entendiendo, aunque distintos entre si, los Kindles y iPads como la primera generación competitiva).

El nuevo iPad y su librería asociada iBooks siguen el mismo modelo que arrasó hace tan solo cinco años con el binomio iPod\iTunes y que catapultó a la marca Apple a la hegemónica posición actual. Y al igual como pasó con la industria discográfica (se liquidaron intermediarios y se re-estructuró todo el sistema distributivo), la industria editorial, tanto con la literatura como con la prensa diaria de todo el mundo, deben adaptarse y dejar las pataletas infantiles y trasnochadas justificaciones hacia un contexto que ha mutado hacia otro paradigma y que no llegan (o se resisten) a comprender, como nuestra pre-histórica Sociedad General de Autores y Editores. En ésta linia recomiendo los libros del defensor del Copyleft y especialista en ésta controvertida y multifacética transición Joaquín Rodríguez: Los futuros del libro y Sócrates en el hiperespacio.
Unos de los que tendremos que re-ubicarnos y apostar definitivamente por la calidad dentro de la cadena editorial donde abundará el “ruido” (cualquiera podrá publicar dada la “democratización” del sector), somos los profesionales que diseñamos y maquetamos las publicaciones, ya que el libro pasa a ser entendido como contenido y el continente –el e-reader, móbil o ordenador personal– es quien lo formatea, es decir, el encargado de darle la aparencia en relación a sus características físicas. Y, señores, esta opción, la más directa, sencilla y barata, por autores, agentes y editores despacha alegremente muchísimos años de normativas ortotipográficas y macrotipográficas que se habían conformado no por cuestiones estéticas sino por pura legibilidad, con el objetivo de facilitar al máximo la comprensión del texto y reducir el esfuerzo del lector. No obstante, tal y como se aprecia en el anterior vídeo, el lector tiene la última palabra y será solamente él quien decida si le parece mejor aumentar el cuerpo del texto porqué se siente más cómodo así y cambiar la fuente a una Times, porqué le resulta más familiar, pese que la mayoría de diseñadores nos pongamos la manos a la cabeza con tales elecciones.

Quedan muchos temas en el aire, como son las cuestiones de fiscalidad (enlace a PDF para ampliar información) y de la gestión de los derechos digitales (propiedad intelectual y derechos de autoría); se han expuesto y debatido largo y tendido así que me limito a remitiros a unas fuentes que –pienso– lo explican adecuadamente. Si realmente quereis profundizar en la situación actual de la edición profesional en España, podeis descargaros el completo estudio de Joana Costa –que me he tomado la licencia de subrayar– para su tésis de máster en Construcción y representación de identidades culturales de la Universitat de Barcelona.

Se han realizado estudios que concluyen que la lecturabilidad, es decir, la comprensión de un texto es mayor en el soporte papel que en pantalla (sea cual sea el dispositivo de salida). Aunque verdaderamente me cueste reconocerlo, empiezo a convencerme que este resultado solo es atribuible a la carga cultural que llevamos los inmigrantes digitales (aquellos nacidos antes del 1990) y a nuestros hábitos perceptivos y estructuras cognitivas, y que los nativos digitales, los cuales viven rodeados de pantallas e, incluso, hace dos o tres años se forman –edificando gran parte de sus personalidades y consciencias inter-personales– desde tempranísimas edades con ellas en los colegios e institutos, poco van a echar en falta las cualidades hápticas que tanto valoramos los bibliófilos ni, por supuesto, necesitaran metáforas visuales como el paso de página simulando sus homónimos de celulosa. Y como ejemplo ilustrativo de la cuestión, este trasto.
Así pues, los modelos de negocio, ya sean editoriales, distribuidoras o libreros que no se quieran o puedan adaptarse sólo van a subsistir, mal que nos pese a unos cuantos, gracias a los nostálgicos que aún sigamos emocionándonos con una cuidada edición impresa o que concibamos las librerías y bibliotecas como placenteros espacios y una necesaria fuente de alimento para nuestras conciencias. No obstante, por diversos motivos, seguro que terminaremos claudicando a regañadientes aún sabiendo que aunque la canción así lo entonara, el vídeo no mató a la radio.

Me gustaría, a modo de colofón, ir terminando con unas preguntas al aire y, si se me permite, una cáustica reflexión abierta (no exempta de sarcasmo marca de la casa) que relativiza todo el complicado asunto.
Los productos suceptibles de ser mercantilizados –qué no lo es ya en nuestro sistema neoliberal?– se rijen por la ley de oferta y la demanada. En éste caso la oferta va de la mano de los dispositivos por un lado, con sus avances tecnológicos encarados a mejorar la experiencia mediante el desarrollo de las capacidades multimedia y, sobretodo, de usabilidad y, por el otro, la evolución y estandarización de los formatos, con lo cual, se consumirán más y, por extensión, se haran más visibles y la gente, paulatinamente, los irá adoptando mejor en sus entornos sociales. Y la demanda, en el ámbito que nos ocupa, es la gente de a pie, aquella que forma una sociedad funcionalmente semi-analfabeta, la nuestra (oh, no quisiera ofender a nadie con mi escandalosa afirmación).
Qué papel juega el libro –sabiendo que no es un artículo de primera necesidad, exceptuando, quizás, algún que otro manual didáctico o técnico y un diccionario– si estamos de lleno en un desierto en cuanto a hábitos lectores se refiere y que –así lo indican las estadísiticas– lo que mueve el mercado editorial y genera algún beneficio son los best-sellers (que todos sabemos son excelentes cumbres del arte literario y donde se apuesta por los formatos narrativos originales y se vuelcan incontables muestras de talento) y las novelas románticas (que lascivamente devoran unas cuantas mujeres)? Quizás actua como un mero pasa-tiempo, ocupando nuestra cada vez más pequeña parcela para el descanso? Pero cómo puede competir con el lenguaje audiovisual, caracterizado por su ubiquidad e instantaneidad y propio de nuestra ociosa sociedad del espectáculo, si implica una actividad, leer, que requiere concentración e imaginación? Quién no prefiere ya una liviana novela (me abstengo de ejemplificarlo con autores, no sea que aún salgan más ofendidos) para evadirse deliberadamente, para no tener que pensar más y reconocernos que estamos intelectualmente agotados, a, por ejemplo, un valuoso ensayo, herramienta de liberación, sobre nuestra realidad y presente? Se alegará que no tenemos tiempo para la lectura, pero sí para irnos un fin de semana al parque temático de turno con los críos o alienarnos en frente del televisor un Domingo. Es cuestión de qué valor le atribuimos.
La importancia de la lectura es descomunal. Forma ciudadanos críticos totalmente imprescindibles para una verdadera sociedad democrática y genera personalidades más refinadas que tienen la capacidad de experimentar la realidad desde la riqueza de múltiples ángulos. Y no olvidemos que nuestra cultura está hecha de palabras y nuestras relaciones y convivencias, a diario, dependen de ellas.

Ahora sí que podemos afirmar que el saber no ocupa espacio, ya que, en un lector de libros electrónico cabe una biblioteca de Alejandría o la borgesiana bilbioteca de Babel en la vaporosa “nube de datos”. A pesar de ello, yo seguiré coleccionando tomos (dejándome una ingente cantidad de dinero en ello), colocándolos en mis estanterías, limpiando los libros que vayan acumulando polvo y pasándome largas horas hojeando ahora éste ahora aquél. Y ésta experiencia, vivida con cinco sentidos, en una librería virtual –de momento– no es, ni por asomo, comparable.

{ Recuerda que puedes suscribirte al blog mediante nuestro RSS }

 

pagetop