Dependencia digital, la vida supeditada a las pantallas

escrito por a 2009.11.29, Artículo

Recientemente, mientras disfrutabamos de una agradable charla, un buen amigo me animó a reprender los artículos de temática, digamos, socio-tecnológica que ya inicié, hace años, en la extinguida Revista Mare. Le estuve dando vueltas y al final me he decidido, así que tímidamente abro una sección en el diario que espero pueda ir alimentando regularmente. No prometo nada, pero por poco que pueda, iré juntando apuntes de mi inseparable libreta para darles formato de artículo. Empezemos.

Estamos de lleno en una revolución, esto es innegable. Una revolución que se caracteriza basicamente por ser silenciosa pero poderosa en su discreción, globalizada y globalizante y, sobretodo, peligrosamente acelerada. Ésta, va tejiendo una nueva sociedad (refiriéndome siempre a la hipócritamente nombrada “sociedad del primer mundo”) y edificando unos nuevos individuos, los cuales se ven profundamente condicionados, y casi determinados, por el contexto socio-tecnológico contemporáneo. Y todo ello casi imperceptiblemente; es lógico, ya que cuando uno forma parte de los cambios es difícil darse cuenta de los mismos.
Las apodadas “nuevas tecnologías” poco les queda de “nuevas”, ya que cuando su auge se disparó afectó directamente a una generación asentada en la cultura literaria (de aquí que las adjetivaran así) y a unos valores heredados después de centenios de años de progresos humanos y materiales; ahora bien, la nueva cultura visual, la que hoy impera y se erige como hegemónica, es la de las generaciones de jóvenes que apenas recuerdan el tacto de un libro o conciben el mundo sin Google, la de chicas y chicos adictos a los destellos de las pantallas, semi-autistas y con verdaderos síntomas de ansiedad y síndrome de abstinencia si se alejan un tiempo de ellas, más pendientes de su e-vida que de, para poner un ejemplo, sus responsabilidades domésticas. Un panorama bastante desalentador.

Vaya por delante que no quiero reducir el artículo a una confrontación entre dos cosmovisiones, ya que concibo su coexistencia y no su sistemática exclusión, pero sí que debemos darnos cuenta de que la transición de paradigma (y sus respectivos hábitos) hacia lo visual, superficial, tendencioso, anecdótico, caduco y, en la mayoría de casos, tóxico por su banalidad, artificialidad y extrema simplificación de carácter maniqueo está al orden del día y es difícil librarse de ello. Un síntoma de lo enunciado, entre tantos otros, es éste gadget. Juzgad su utilidad vosotros mismos.

Las pantallas nos ofrecen, dándole la razón al tópico, un mundo de infinitas posibilidades. Una forma de comunicación bi-sensorial y, ahora, con las táctiles, incluso tri-sensorial. Un espacio reconfortante con multitud de emocionantes estímulos. Con opciones de interacción en dos direcciones y la libertad de expresión y difusión que nos brinda la Red. Maravillosas cualidades todas ellas, sin lugar a dudas.
Como contrapunto, os remito a unas imprescindibles palabras de Biagini acerca de la cultura literaria: “el libro de papel en su linealidad y su finitud, en su materialidad y su presencia constituye un espacio silencioso que hace fracasar el culto a la velocidad. Es un punto de anclaje, un objeto de inscripción para un pensamiento coherente y articulado, fuera de la red de flujos incesantes de información y solicitud: sigue siendo uno de los últimos lugares de resistencia”.
Al fin y al cabo, como siempre, no son las tecnologías en sí las que son maléficas, sinó el uso que se deriva de ellas y, más que nada, los contenidos que se transmiten, los cules, en su grandísima mayoría, estan dirijidos por los valores del mercado.
Así pues, de entre las teóricas bondades del medio, vemos que su premeditada aplicación dista mucho de aprovecharlas y, por el contrario, las instrumentaliza para crear una opinión pública o vox populi gracias al primsa que se coloca entre la realidad y su representación que nos transmiten, la cual (y aquí reside la sordidez y demencia del sistema) está filtrada, pervertida y trasgiversada a voluntad, subtituyéndola.

Raramente experimentamos la vida en primera persona, con los cinco sentidos; nos acostumbramos cómodamente a que nos la ofrezcan mediatizada a través de un marco. Queremos convencernos, y damos fe de ello, que lo hemos “visto” en ésa o aquella pantalla (monitor, móvil, televisión, da igual…), asumiendo, con ello, nuestro rol de meros consumidores de imágenes, otorgándoles automáticamente credibilidad. Y hoy, más que nunca, de lleno en la era de los fuegos artificiales, incongruentemente, seguimos creyendo todas las versiones oficiales. Me abstendré de enunciar hechos a riesgo de parecer, si cabe, aún más paranoico.
Las imágenes nos convierten en testimonios (in)directos, así pues, quién iba a dudar de ellas?

Por lo tanto, exigimos ver (entender es otra cosa), en todo momento y a todas horas. Además, nosotros mismos demandamos seguridad (dado el clima de terror que han inventado), asumiendo como normal que las ciudades se vigilen orwellianamente, siendo perfectos sujetos susceptibles de la violación de nuestra propia intimidad.
La distopía deviene actualidad.

En una sociedad cada vez más atomizada, las relaciones entre sus integrantes también se mercantilizan y se crean unos nuevos espacios de sociabilización en la Red, donde todo toma el carácter sesgado, fragmentado y superficial que ya apuntaba para la esencia de la cultura visual. El problema fundamental es el deterioro cognitivo al que estamos expuestos, mermando nuestra capacidad de concentración y de abstracción a favor de una hiper-atención mucho menos profunda y duradera.

Es precisamente por éstos motivos por los cuales siempre pido distancia, perspectiva o una suerte de objetividad, ya que la complejidad del asunto es notable. Y, aunque la Objetividad es un mito, sigo pensando que entre todos debemos hacer un esfuerzo para desenmascarar las primeras páginas de los diarios, el último blockbuster de la factoría hollywodiense o la canción del verano. Porqué todo, pese a que cueste afrontarlo y tambalee nuestras creencias más asentadas desde pequeños, es mainstream, cortinas de humo para distraernos y entretenernos más que informarnos, manteniéndonos conformes y sedados, entre otras cosas, con el opio del fútbol, el vodevil político y la mefistofélica hipoteca.

Advierto que, pese a mi tono un tanto beligerante, no quiero sentar cátedra, sino relativizar y cuestionar ciertas tendencias que corren el riesgo de asentarse como dogmas, con toda lo que ello conlleva. También aviso que no quiero pormenorizar el espíritu del tiempo a un enfrentamiento entre la cultura escrita contra la visual, pero que, pienso, en todo momento debemos militar en la duda y ejercer un sentido crítico (que se si ya no está atrofiado, va camino de ello) hacia nuestro entorno social y político, para experimentar la realidad por nosotros mismos, sin las cargas moralizantes del circo cotidiano que nos han montado alrededor.

{ Recuerda que puedes suscribirte al blog mediante nuestro RSS }

 

pagetop